Eso es cosa mía

Lisandra Fariñas Acosta

La sugerencia te llega uno de esos días como un aliciente. Jornada laboral cumplida y te dispones a no dejarlo pasar. No siempre la información es tan alentadora. ¡Ese lugar está buenísimo muchacha! ¿Es nuevo? Preguntas sin pensar, mientras oyes el resto y quedas cada vez más asombrada.

¡No, para nada! Es estatal, tiene excelente comida, servicio rápido, vista agradable y ¡muy buenos precios!

Y ahí vas. Corres despavorida a darle la noticia a tu esposo con la seguridad de que no desperdiciará la oportunidad de darse ese momento de placer. Y así es. Llegas, te sientas. Puesta de sol. Canto de aves de por medio. Nada de estruendosa música ni aglomeración.

—Buenas tardes, bienvenidos, qué desean. La sugerencia de la casa es…¿Tomarán algo en lo que deciden?

—Serán dos cervezas, por favor.

De vez en cuando no viene mal. Todo simplemente perfecto. Comienzas a pensar qué es posible, qué un buen servicio no es utopía. Mira qué entorno más agradable, qué aire más puro, que vida tan sana. Sí qué está bueno el sitio. No me engañaron.

Y en medio del éxtasis del hallazgo llega de manos del camarero las cervezas pedidas. Y ahí se quedan sobre la mesa, lánguidas, sudorosas, en espera irremediable y eterna ante la vista de nosotros y las copas vacías.

Ante la cara del esposo al que motivé con la idea. Ante el pensamiento machista que nos salva a ambos del desconcierto. ¡Eso es cosa mía! ¡A mi mujer la cerveza se la sirvo yo!

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