Réquiem para la abuela…

Lisandra Fariñas Acosta

La abuela murió sin ver la casa nueva terminada. La que se levantaría de los escombros del último ciclón. La de siempre. No le alcanzó la vida para eso. Un infarto se la llevó a destiempo. Porque la abuela aún era fuerte, y linda, y minuciosamente presumida.

La abuela nunca quiso irse de la casa vieja, nunca lo hizo hasta aquel día en que Gustav e Ike se encargaron de resumir la madera a leña caída, y con ella se llevaran una infinitud de recuerdos.

Entonces papi se propuso levantarla, y lo cumplió. A pesar del desangre de una construcción, no importa cuán modesta sea, a pesar del tiempo, de la ausencia, la casa volvió; entre la ayuda de un subsidio y de otros tantos amigos.

Ya no es de madera, pero sin embargo conserva el frescor, la esencia. Conserva el espíritu de la abuela, que no pudo verla, pero está

Adiós a la vieja casa

Está crónica es de mucho antes, pero coloca los recuerdos donde van…

Donde antes estaba el jardín, papi construyó una casa. Confortable y segura, serviría de sustituta a la vieja casita de madera y tejas, donde di mis primeros pasos. Sin embargo abuela no quiso mudarse, aunque hacerlo significara tan solo salir al patio.

Su vida estaba anclada a aquellas paredes de cartón y sus sueños dormían enredados aún entre las vigas de madera. Nunca pensé en ese entonces, que una ráfaga de viento podría llevárselos, o más bien arrebatárselos.

A sus 80 años abuela está triste. Gustav pasó y destruyó todo. Esa noche ella no durmió allí, papá se la llevó a la otra casa después de escuchar el parte meteorológico, pero pudo ver como en cada teja se iba un fragmento de su vida.

Yo también estoy triste, por la casa y por abuela. No debo haber tenido más de 5 o 6 años, quizás menos, pero recuerdo bien la tormenta del siglo. Esa noche dormimos ahí, papi, abuela, mi hermano y yo. Cómo no acordarme de la expresión de mi padre, cuando risueños le mostramos, a través del mosquitero, el cielo. El viento había levantado varias tejas y en medio de la tempestad tuvo que subir al techo a recomponerlas.

En esa ocasión la casa resistió, esta vez su firmeza se quebró. El ciclón había sido muy fuerte. Pero abuela, aunque triste no se rinde, aún insiste en darse sillón desde el viejo portal. Yo la admiro, aunque a veces confieso conmoverme cuando entre los escombros veo los restos del colchón, donde aquella noche y en medio de la lluvia, se asomaron a través del techo las estrellas

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5 comments

  1. Cuántos ciclones y tormentas ha visto mi abuela, que a sus 96 continúa asombrando a sus más de 70 descendientes directos. Ya no recuerdo si soy la nieta 23 o 24, sí sé que mi mamá fue la hija 9, que ya son dos los hijos que ha tenido que despedir de este mundo, que mi abuelo hace muchos años nos dijo adios y que doy mil gracias por tenerla viva y saludable. Ah! y reconozco que me arrepiento mil veces por no decirle a menudo lo mucho que la quiero.

  2. Mi abuela tampoco pudo ver terminada en un 100% la casa nueva, su casa de toda la vida.. y se me encharca un poco el corazón al leer esto..

  3. Me gustó, breve, emotiva la crónica. Los abuelos, como son tan apegados a sus nietos y consentidores, despiertan en ellos ese amor que nunca se olvida. Yo, por ejemplo, todavía recuerdo cuando me escondía detrás de mi abuela por parte de madre para que mi mamá no me pegara por haber hecho algo censurable. En fin, los abuelos nos traen gratos recuerdos, aun cuando se trate de hablar sobre ese ciclón que tu mencionas. Un abrazo, Nacianceno

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