Sustantivos

Siempre, escribir, duele. Puede ser un dolor placentero, al estilo del harakiri voluntario que nos hacemos cuando queremos arrancar la más exacta palabra. A veces duele porque a la cuartilla delante se le antoja que somos impotentes ante la inmensidad de llenarla, y hacer, sobre todo hacer que valga la pena. Y duele porque las palabras siempre vuelven, siempre recuerdan, y ese destello es posible te sorprenda y venga cargado del peor de los dolores. Ese que guardas y prefieres no tocar, y el más intrascendente de los sustantivos lo despierta.

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